Uno de los estados donde “el amor” mata

Ponerle fin a un matrimonio o decirle que “no” a una relación sirvió de detonante para que Imelda Virgen, Gabriela Ayala y Betsabé García perdieran la vida

por Valeria Durán para Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad

Los responsables de su muerte son ampliamente identificados por los familiares de las víctimas, pero sólo uno de ellos está pagando por su crimen.

I. Imelda Virgen, el primer feminicidio que Jalisco omitió

“La mata su marido por celos”, fue el titular que la nota roja eligió para contar cómo Imelda Virgen había sido asesinada con violencia la noche del 29 de septiembre de 2012. Fue ese mismo titular el que dio la noticia a su familia, después de que la Fiscalía General del Estado omitiera decirles qué le había pasado a la mujer de 41 años de edad.

Images Imelda Virgen

María Guadalupe Virgen Rodríguez, hermana mayor de Imelda, tiene una imagen que permanece fija en su mente: es la del momento en el que supo que su hermana había muerto.

“Salimos al estacionamiento donde estaba la camioneta de Ciencias Forenses y ahí iba la camilla, obviamente con el saco negro y un chorro de sangre que escurría a través de ese cierre. Inmediatamente pensé que había ocurrido algo gravísimo porque para que este escurriendo sangre así tenía que ser algo muy grave”, recuerda mientras se frota los brazos para calmar el escalofrío que se apoderó de su cuerpo.

Los antecedentes

Cuatro años después de la muerte de Imelda, notar los focos rojos que parpadeaban en su matrimonio ya son más evidentes para Guadalupe, su hermana Sofía Virgen y su prima Antonia González Virgen.

Mientras están sentadas en una de las mesas del “Gato Café”, un lugar ubicado en la colonia Americana, a unos pasos de la Universidad de Guadalajara, recuerdan que era por esa zona por donde vivía Gilberto Vázquez, su cuñado y autor del asesinato de Imelda. Un hombre blanco, con barba de candado, frente amplia y entradas en el cabello.

Ambas hermanas comparten rasgos físicos con Piña, como le decían de cariño a Imelda. Guadalupe tiene la misma nariz y labios gruesos que Imelda, mientras que Sofía aprieta los rizos de su cabello con un chongo. Su cabello es idéntico al de Piña.

Feminicidios María Guadalupe Virgen, Sofia Virgen y Antonia González Virgen

Sofía comienza contando cómo era su hermana. Una mujer a la que le gustaba el yoga, tranquila, callada, conciliadora, sonriente; que prefería buscarle el lado lindo a la vida. Imelda era la segunda de siete hermanos: seis mujeres y un hombre.

Era psicóloga y trabajaba para la Universidad de Guadalajara como académica y también como parte del personal administrativo. Además, le gustaba desempeñarse como ilustradora y rescatista de animales.

Ella tenía ocho años de casada cuando la asesinaron

“A Gilberto lo conoció en la maestría. Creo que ahora que lo hemos platicado, estamos recordando cosas que no nos agradaban, pero creíamos que era respetuoso no comentárselo a mi hermana. Creo que no lo hicimos en su momento, ni le dimos la dimensión que quizás hubiera sido importante”, explica Sofía mientras balancea su cuerpo sobre la silla y soba su brazo izquierdo, como si estuviera consolándose.

Segundos después añade:

“Era como una persona inmadura (Gilberto) que tenía comportamientos demasiado infantiles en cuanto a que no tenía responsabilidades de un adulto y también la chantajeaba desde ese tiempo, desde el noviazgo. La chantajeaba de que si no se casaba con él, él se iba a quitar la vida porque la quería demasiado y la amaba mucho, entonces él se iba a suicidar. Ella no nos contaba, hasta después lo supimos”.

Gilberto era cuatro años mayor que Imelda, pero a diferencia de ella, él no tenía un trabajo estable, ingresos seguros o, en general, una estabilidad financiera, lo cual, según el testimonio de las hermanas de Imelda, causó envidia en la relación desde un principio.

“La relación también era muy desigual en cuanto a aspectos económicos, mi hermana era la que cubría la mayor parte de los gastos. Otra cosa que supimos era que él le sacaba dinero de sus tarjetas o que creaba deudas a partir de su nombre y que ella terminaba pagando (…) Él era de decir que no podía trabajar, que no se le daba, que no tenía la oportunidad, que no podía”, completa Guadalupe.

Los problemas en el matrimonio se hicieron notorios dos años antes de que Imelda fuera asesinada. Sus hermanas creen que ella prefirió no contar lo que vivía con Gilberto porque no quería preocuparlas, sin embargo, lo notaban.

“Notábamos cómo abusó de la posición en la que estaba mi hermana, de ya contar con un trabajo más estable, de tener dos trabajos, de todo lo que había logrado económicamente desde joven”, confiesa Sofía mientras ve a los ojos a su hermana que inmediatamente completa su oración.

Hay como una manera de no ver las cosas. Es como si trajeras unos anteojos que no te permiten ver lo evidente y hasta que ves en retrospectiva dijimos mira desde aquí empezaba. Ya había antecedentes, pero no creíamos que fuera a concluir en esto, admite Guadalupe.

Dos años antes de su muerte, Piña se abrió. Comenzó a contarles a sus hermanas que se sentía molesta, cansada. Les decía que se había cansado de cuidarlo, de no sentir apoyo de su parte. De cargar con todo el peso de su matrimonio.

ImagesFotos cortesía Justicia para Imelda Virgen

“Yo sí recuerdo que llorando me dijo que ya no aguantaba, que ya se quería separar, pero no sabía qué hacer con sus perros. Tenía ocho perros que había rescatado y los quería mucho, no quería irse de la casa sin ellos. No sé los demás pero yo sí era de decirle sepárate, como si también ya con eso se fuera a solucionar todo. Ya después me quedó muy claro que esto tiene que ser como todo un proceso, finalmente se separó y eso fue lo que llevó a esto (su muerte)”, la voz de Sofía se endurece y frunce el ceño mientras habla.

Aunque sus hermanas afirman que en el matrimonio de Imelda no hubo violencia física, lo que sí abundó fue la violencia emocional. Gilberto incluso envenenó a cinco de los perros de Piña, después de que Imelda le dijo que quería separarse. Este no fue un secreto: semanas después le contó a uno de sus cuñados que él fue quien les había arrojado un pedazo de carne con veneno para matarlos.

Dos semanas antes de la muerte de Imelda, Gilberto mató a la sexta mascota de Imelda. Una perrita de raza french poodle. En esa ocasión responsabilizó a uno de los dos perros que quedaban. Le dijo a Imelda que el otro animal había matado a la perrita. El detonante fue que Imelda tenía ya tres meses viviendo con su madre. Lo había dejado.

Matar a las mascotas que tanto amaba Imelda, solo fue la antesala de lo que se avecinaba. Sofía recuerda que un par de días después, la noche del 15 de septiembre de 2012 Gilberto amenazó de muerte a Imelda por primera vez.

“El 15 de septiembre (15 días antes del asesinato de Imelda) nos reunimos para celebrar el día de la Independencia. Estábamos todos reunidos y recuerdo que llegó él en el coche de Piña porque él lo tenía y nos dijo ‘ah, llegó Gilberto, Voy a hablar con él’, pero mi hermana estaba bien feliz y regresó como a los 20 minutos con una cara… llegó blanca y demasiado triste. De ahí en toda la noche ya no cambió. Después nos enteramos que en su declaración dijo que la amenazó, que le dijo que la iba a matar”, señala Guadalupe.

“Por celos la mató su esposo”

El semblante de las tres cambia. Sofía enmudece de pronto y la prima de Imelda ve fijamente a Guadalupe, mientras ésta empieza a relatar lentamente qué pasó la noche del 29 de septiembre de 2012.

Guadalupe e Imelda tenían planeado comenzar un nuevo proyecto juntas. Dos días antes de su muerte habían platicado sobre los detalles de lo que sería un centro integral de atención infantil.

ImagesFotos cortesía Justicia para Imelda Virgen

“Ella estaba bien contenta”, dice Guadalupe. “Se le volvió a iluminar el rostro”, completa Sofía. “Regresó a la vida, quería dar clases de manualidades y actividades artísticas en el centro”, remata su hermana mayor.

Quedaron en reunirse el sábado, ella fue asesinada una noche antes. Guadalupe toma la palabra por completo: el llanto no permite que Sofía cuente lo que pasó.

“Mi mamá me habló a las 11 de la noche, yo ya estaba acostada cuando me habló y me dijo que mi hermana no había llegado. Traté de hablarle a su celular pero no me contestaba, le marqué a Gilberto pero tampoco contestó; inmediatamente pensé que algo no estaba bien”.

Que Imelda no estuviera en casa a esa hora era motivo suficiente para que no solo su madre, sino también sus hermanas, se preocuparan por ella. Piña no acostumbraba llegar tarde, no sin antes avisar a su madre para no preocuparla, y esa noche no había llamada, no había señales de ella.

Guadalupe tomó su auto y se fue a casa de su madre. Cuando llegó aún no había noticias sobre su hermana. Hizo un recorrido por la zona donde Imelda trabajaba pero no la vio, las calles ya estaban vacías.

Pasaba de la media noche cuando la familia comenzó a llamar a los servicios de urgencias, a los hospitales, a la policía… dieron las tres de la mañana y nadie sabía algo de Imelda.

“Pensamos en regresar a la casa de mi mamá y esperar a que hubiera cambio de personal para volver a preguntar en todos lados. Apenas íbamos de camino cuando mi mamá ya nos estaba hablando otra vez que había una patrulla afuera de la casa y que le decían que si conocía a Imelda y a Gilberto; que teníamos que presentarnos urgentemente en la Cruz Verde en Tlaquepaque…

No le querían decir nada, solo que ya teníamos que estar allá. Le dijimos a mi mamá que se quedara porque está delicada de salud, pero dijo que no, que ella tenía que ir. Cuando llegamos a la unidad de Cruz Verde en Tlaquepaque había ya una camioneta de Ciencias Forenses”.

Guadalupe vio algo que no esperaba y justo antes de que continúe hablando, su hermana Sofía toma un pañuelo y se cubre la boca, como si pusiera una barrera entre su llanto y el exterior.

En cuanto me bajé del carro yo sentí un hueco en el estómago y algo que me dijo ahí estaba mi hermana. Pensé ‘no puede ser’. Nos bajamos del carro, entramos, nos pasamos a trabajo social y sin el menor tacto nos dicen que la están subiendo a la camioneta…

Les pregunté, pero qué pasó y me dijeron que ahorita se iban a acercar con nosotros. No nos dejaron ver a mi hermana que porque estaba muy mal. Íbamos caminando, salimos al estacionamiento donde estaba la camioneta del Servicio Forense y ahí iba la camilla, obviamente con el saco negro y un chorro de sangre que escurría a través de ese cierre. Inmediatamente pensé que había ocurrido algo gravísimo porque para que este escurriendo sangre así tenía que ser algo muy grave”, recuerda Guadalupe mientras aprieta sus brazos alrededor de su cuerpo.

“¡Déjenme ver a mi hermana!”, les gritaba a los policías, pero nadie la dejaba acercarse al cuerpo. Lo único que le decían era que estaba muy mal, que la habían dejado muy mal

Los policías investigadores comenzaron a hacerles preguntas sobre qué relación tenía Imelda con su esposo, cómo se la llevaban, si la había golpeado alguna vez, si habían notado algo extraño en esos últimos días.

Ellas estaban paradas afuera de la Cruz Verde de Tlaquepaque, con un clima que les hacía titiritar los dientes, un reloj que apuntaba más allá de las cuatro de la mañana, un bombardeo constante de preguntas sobre Imelda, pero ni una respuesta de qué le había pasado.

Por la mente de Guadalupe se cruzó la idea de que todo se trataba de un terrible accidente. Imelda tenía poco tiempo que había comprado un auto modelo Matiz color azul, pero como no sabía manejar, Gilberto lo conducía y pese a estar separados seguía pasando por ella.

Cada que Gilberto pasaba por Piña, manejaba de manera brusca porque sabía que eso le asustaba.

“Yo iba pensando que este bruto, así como maneja, el tarado chocó y ya están los dos mal. Eso fue lo que yo pensé. Pero pensaba ¿dónde está Gil?, si chocó por qué no está aquí. Pero después de tanto preguntar, los policías nos dijeron que estaba muerta y que su esposo estaba detenido. Que se tenían índices de sospecha con él. Fue la única explicación que nos dieron”, añade la hermana mayor de Imelda.

En cuanto amaneció, Guadalupe y su prima Antonia llegaron al Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses. Tenían que reconocer el cadáver de Imelda, con la duda vigente de qué era lo que realmente había pasado, cómo había muerto.

Cuando Guadalupe entró a las oficinas, lo primero con lo que se topó fue la portada de un periódico, del que prefiere omitir el nombre, pero que describe prontamente como amarillista.

Imelda estaba en la primera plana de ese diario. Entubada, con un ojo colgando, sangrando, pero aún con vida… “Por celos la mató su esposo”, era el encabezado de la nota con la que todo Jalisco se enteró de lo que pasó la noche del 29 de septiembre. Con la que su familia se enteró por fin de lo que le pasó a Piña.

En la página central se narraba crudamente una muerte llena de saña. Lucrando con el morbo describían cómo el esposo de Imelda había contratado a dos hombres para que la violaran y la asesinaran.

Feminicidios Altar de muertos que su familia hizo en su honor

“Yo pensaba, esto no es posible. Ya ahorita te puedo decir que en ese momento sentí un dolor in-menso. En la foto se supone que todavía estaba con vida, se ve que es cuando la suben a la camilla y va entubada”, Guadalupe sigue sin creer que por una nota por fin pudo saber qué le había pasado a su hermana.

El precio de una vida

“Hay una declaración de un limpia parabrisas que radica en una colonia que le dicen la Jalisco, ese lugar tiene la fama de estar lleno de pandillas y manejo de drogas. Este hombre declaró que Gilberto iba seguido a la colonia Jalisco y que preguntaba que quién le hacía un jale (trabajo). Se corrió el rumor de que traía un jale muy bueno, el parabrisas dijo que lo invitaba hasta a desayunar, que le compraba cosas y hasta le regaló los muebles de la casa de Piña, pero le decía que el business que iba a seguir era mucho mejor y que se trataba de asesinar a su esposa”, explica Antonia.

Pero cuando la fecha acordada para el crimen se acercaba, el limpiaparabrisas se negó a hacer el “trabajo”. Gilberto tuvo que buscar a otros hombres que se encargaran del “jale” a la brevedad.

Según la propia declaración de Gilberto, éste no tardó mucho en encontrar a otros dos individuos que se encargaran del “trabajo”. Cincuenta mil pesos y el auto recién comprado de Imelda fue el precio que se acordó a cambio de simular un asalto en el que asesinarían a Piña.

A sus nuevos cómplices les aseguró que cobraría el seguro de vida de Imelda para pagarles y que mientras les daba como garantía el auto. Ellos querían dinero, sabían que vender el auto sería complicado, pero accedieron cuando la hermana de uno de ellos, una mujer a la que apodaban “La Reyna del Sur” se comprometió a ayudarlos a vender el matiz color azul.

La vida de Imelda no valía más que 50 mil pesos para Gilberto y la ofreció sin problemas a dos hombres: Sergio Fabián Montes, alias “el güero”, un hombre moreno, de cara ovalada, ojos pequeños y cabello negro corto; y a David Calzada Ceja, alias “el moreno”, un hombre de boca pequeña, nariz alargada, cejas pobladas, moreno y con cabello negro. La hermana de David, Joseline Calzada, alias “la reina del sur”.

Feminicidios Responsables de la muerte de Imelda Virgen

Cuando Gilberto fue detenido por las autoridades confesó con detalles cómo planeo la muerte de su esposa:

Gilberto subió a los dos hombres al auto de Imelda y los condujo hasta el lugar donde tendrían que ponerse a trabajar. Pasaban de las nueve de la noche cuando estacionó el auto de su esposa a unos metros de las calles Niños Héroes y 16 de septiembre, en la zona Centro. Lugar donde Imelda daba clases.

Los bajó del auto y les explicó que pasaría por su esposa a una zona cercana al Sindicato de la Universidad de Guadalajara, después conduciría lentamente hasta que el semáforo se pusiera en rojo y tuviera que quedarse parado. Tal como lo planeó pasó.

Cuando el auto se quedó parado en el semáforo, los dos hombres se treparon en la parte trasera del Matiz azul y comenzaron a fingir el asalto mientras Gilberto actuaba con preocupación por el bienestar de su esposa.

La escena parecía un asalto natural, espontáneo, no actuado. Mientras uno de los sujetos manoseaba a Imelda, otro amenazaba a Gilberto. Primero le ordenaron conducir rumbo a Chapala, pero en el trayecto le pidieron que se desviara a la zona del Álamo Industrial. Una parte llena de enormes fábricas, terreno baldío y soledad.

El coche paró. Los dos hombres bajaron a la pareja del auto. Nadie sabe si Imelda supo en algún momento que todo era parte de una actuación de la que su propio esposo era el director.

Lo único cierto es que después de que la bajaron a golpes de su auto, uno de los hombres siguió manoseándola y después la golpeó con una piedra. Con la fuerza del golpe le partió el cráneo. Pese a eso, el otro hombre la remato. Mientras su esposo se rasgó la camisa, se golpeó él solo la cara y corrió a fingir que buscaba ayuda.

Mientras los hombres se alejaban en el auto de Imelda y su esposo “buscaba ayuda”, el cuerpo de Piña permanecía estático, empolvado y sangrando.

“Imelda fue golpeada y acuchillada. Le fracturaron el cráneo con una piedra e incluso la fuerza del golpe sacó su ojo de órbita. Ahí la dejaron mientras Gilberto fue a una de las casetas de las empresas a pedir ayuda. Le dijo al vigilante que lo habían asaltado y que a su esposa la habían golpeado y estaba muy grave”, narra la prima de Imelda.

La primera reacción de aquel guardia de seguridad fue llamar a la policía, pero Gilberto le gritó que no, que solo llamara a la ambulancia. El guardia de seguridad no lo escuchó y llamó a la policía. En pocos minutos llegaron la ambulancia y las patrullas.

No tardaron mucho en darse cuenta de las inconsistencias en la escena del crimen. Mientras el cuerpo de Imelda estaba tirado, con golpes brutales que marcaban todo su cuerpo, pero principalmente su rostro, un ojo salido de su órbita y la cabeza partida, su esposo sólo traía un morete y la camisa rasgada.

Los policías le hicieron preguntas a Gilberto y él se contradijo. Se hizo bolas y terminó confesando todo.

Un feminicidio que no es feminicidio

Guadalupe recuerda qué pasó después de que vio aquel periódico con la foto de su hermana ensangrentada. La Procuraduría le había recomendado no ver a su hermana “porque de plano estaba muy mal”, le dijeron que mejor viera una fotografía, pero ella se negó y por eso fue al Servicio Forense. Sin saber que ahí vería una fotografía que no esperaba, la de la noticia de la muerte de su hermana.

No se explicaba cómo si a nadie de la familia de Imelda les habían dicho qué pasaba, un medio sí sabía todo. Un reportero y un fotógrafo a los que sí se le permitió fotografiar el rostro destrozado de una mujer que había sido ultrajada y golpeada brutalmente.

“Yo me molesté muchísimo porque en la Cruz Verde no me dejaron verla, pero sí autorizaron que le tomaran una fotografía y no sabía cuántos más ya la habían visto, pero nosotros no podíamos verla. Nos quedamos ahí esperando a que me dejaran verla; no hubo ningún perito, ningún médico; sólo llegaron unos camilleros y ellos fueron los que nos dijeron acérquense y nos trajeron la camilla…

El delito de feminicidio fue reconocido en Jalisco el 22 de septiembre de 2012, una semana después Imelda fue asesinada y las autoridades no pudieron reconocerlo como el primer feminicidio de ese estado

Sobre el pasillo pararon la camilla y abrieron la bolsa donde estaba Imelda -Guadalupe fija la vista en la mesa y continúa- En ese momento lo que yo vi del cadáver era su cabello chino lleno de sangre, deformada de la cara, con moretones en la zona de la boca y se veían lesiones punzantes: dos, una más profunda que otra, y se veían en sus hombros moretones. Los camilleros no dijeron nada, solo pidieron las firmas sobre el documento de reconocimiento”, traga saliva y respira más profundo. Esta vez no hay tristeza en su voz, ahora hay rabia.

“Era ignorancia porque no sabían qué hacer. Veíamos que todos los jefes de las oficinas se juntaban en un lugar, entraban y salían, otra vez se regresaban y es que ni ellos sabían qué hacer y nosotros no sabíamos exactamente qué había pasado. Se alcanzaba a escuchar que “feminicidio”, no que no, que fue un “homicidio”. Nada más los escuchábamos, pero nadie nos explicaba nada. No sabíamos que estaban hablando de nuestro caso”, asegura Antonia.

Tras la declaración de Gilberto, el 3 de octubre de 2012, “el moreno” y “el güero” fueron detenidos cuando intentaban vender el matiz azul de Imelda. Joseline, su cómplice, iba con ellos.

Gilberto Enrique Vásquez fue detenido por el delito de parricidio, los otros dos hombres también permanecen detenidos por el delito de homicidio doloso y tentativa de violación, mientras que Joseline Calzada Ceja está siendo juzgada por su coparticipación en el delito de homicidio doloso.

Cuatro años después del asesinato de Imelda aún no se dicta sentencia definitiva.

II. Decir que “no” la mató

Luis Enrique Ruvalcaba es un joven de 19 años de edad, alto, de piel blanca, ojos redondos, rostro ovalado, descrito por su madre como serio, reservado y poco sociable.

Gabriela Ayala era todo lo contrario. La chica de 18 años de edad era bajita, medía aproximada-mente 1.65 metros de estatura, tenía el cabello teñido de color rojizo, los ojos brillantes, una sonrisa amplia y le encantaba hacer amigos.

ImagesLuis Enrique Ruiz y Gaby. Foto Twitter

Los dos chicos vivían en Guadalajara, Jalisco y trabajaban en una de las sucursales del Café Chai. Fue ahí donde se conocieron, fue ahí donde Luis Enrique se enamoró de Gabriela y fue en ese mismo lugar donde la joven le dijo que no quería tener una relación con él.

Luis Enrique no toleró su rechazo. La tarde del 13 de julio de 2015 la encontró en la calle. No fue casualidad, él sabía dónde estaría porque todos los empleados del Chai tendrían capacitación.

Gabriela caminaba por la Avenida México cuando Luis gritó su nombre. Por inercia volteó y lo vio sacar un arma de su mochila. Le apuntó con la pistola y su primera reacción fue cubrirse para evitar el disparo.

Luis Enrique no se detuvo. Le disparó directo a la cabeza. Gabriela cayó de inmediato al piso, el asesino se acercó y le disparó dos veces más en la cabeza. La remató.

Así quedó descrito el crimen en el expediente número 327/2015-A resguardado en el Juzgado Décimo Segundo de lo Criminal, donde los testigos rindieron sus declaraciones.

ImagesFoto Proyecto Diez

Es en ese mismo expediente donde quedó registrado que la madre del asesino de Gabriela dijo que unos días antes su hijo le había dicho que sentía que era bipolar, que cambiaba de humor con facilidad, pero no por eso ella sospechaba que Luis Enrique fuera capaz de matar a una persona.

En este expediente quedó registrado que el asesino huyó y que su madre no sabía dónde podía estar. El homicidio de Gabriela fue tipificado como feminicidio, pero hasta ahora no ha sido detenido el responsable. El asesinato de Gabriela sigue impune.

Lucía Villarroel, mamá de Gaby -como le decían de cariño a Gabriela- recuerda que su hija le había comentado que quería que la cambiaran de puesto porque no quería estar junto al que se convertiría en su asesino. Ella le confesó que su compañero de trabajo la acosaba.

“Él la seguía mucho. Se empezó a acercar a ella y le traía como detalles y ella le decía que no la molestara, que solamente lo podía ver como un amigo; salían en grupo, pero nunca se hicieron novios. Primero se aprovechó que todos salían en grupo y se acercó. Después fue más personal pero mi hija apenas había terminado una relación que tenía con un chavo y ella no quería tener un noviazgo por el momento”, confiesa entre lágrimas Lucía.

Ambos tenían solo cuatro meses de conocerse. Ese fue el tiempo necesario para que Luis Enrique se obsesionara con Gaby y decidiera que si no era su novia no podía seguir con vida.

“Yo tenía la esperanza de que este chico fuera una buena persona, pero me equivoqué. Después sospeché que algo no andaba bien porque un día lo vi rondando afuera de mi casa, le pregunté a mi hija si pasaba algo entre ellos, pero solo me dijo que no me preocupara”.

ImagesGabriela con su mama

Su hija murió a las tres de la tarde, pero ella se enteró hasta después de las ocho de la noche, hora en la que acostumbraba ir a recogerla a su trabajo.

“Mi papá me marcó a mi celular y me dijo llorando que qué había pasado porque una amiga de Gaby la estaba buscando y que decía que estaba llorando y le había dicho que Gaby había tenido un accidente. Yo le dije a mi papá que no, que era un error, que mi hija estaba en su trabajo e iba a estar bien”.

La duda del bienestar de su hija se sembró en Lucía y su esposo, así que comenzaron a buscarla, pero parecía que nadie sabía que ella estaba muerta.

Todos me decían que no pasaba nada, que iba a estar bien pero no era cierto. Ella ya estaba muerta y mi corazón me decía que algo malo estaba pasando

Tanto ella como su marido marcaron a los números de emergencia y hasta a la Fiscalía General de Jalisco, pero nadie les dijo lo que había pasado. En la Fiscalía solo tomaron sus datos y dijeron que se pondrían en contacto con ellos si sabían algo de su hija.

ImagesCafe donde trabajaba Gaby y Luis Enrique

“Marqué hasta antes de las ocho de la noche porque ella entraba a las cuatro de la tarde a trabajar y ya no la dejaban contestar su teléfono. Solo marqué y me dijeron que no se había presentado a trabajar… Media hora después los de la Fiscalía le marcaron a mi marido y le dijeron que tenía que presentarse a reconocer un cuerpo en el Servicio Forense”, la noticia cayó sobre ellos sin un previo aviso, sin tacto.

Ambos corrieron a reconocer el cuerpo de su hija, solo el papá de Gabriela pudo entrar a verla.

“Yo les supliqué que me dejaran pasar, pero no me dejaron verla. Vi a mi hija hasta el día siguiente, ya casi como a las nueve de la mañana, cuando la funeraria llegó por ella”, Lucía dice que hasta ese momento nadie les había dicho qué había pasado con Gabriela.

“Me enteré al día siguiente, por los amigos de mi hija, qué había pasado. Me dicen que murió como a las tres de la tarde. Que Luis Enrique le disparó varias veces y después se fue corriendo. Nadie lo detuvo porque le tuvieron miedo. Miedo a que también les disparara”.

ImagesLuicia Villarroel, mamá de Gaby

Lucia está sentada en una de las mesas del café donde su hija trabajaba. El mismo lugar donde los dos jóvenes se conocieron y donde no le quisieron avisar lo que había pasado cuando llamó.

“Cuando supe lo que había pasado vine a reclamarles porque no me avisaron de inmediato. Una de las empleadas me dijo que los de Fiscalía habían llegado por el expediente de los dos y se los llevaron. Que no les dio tiempo se sacarles copia a los papeles, por eso no se habían quedado con un número en dónde localizarme. Pero yo les dije que les marqué y me dijeron que ella no había venido a trabajar. Lo único que me respondieron después fue que la Fiscalía les dijo que no hicieran nada, que ellos nos llamarían”, pero los agentes de la Fiscalía los contactaron cinco horas después del crimen.

ImagesMamá de Gaby, foto Proyecto Diez

Ambos corrieron a reconocer el cuerpo de su hija, solo el papá de Gabriela pudo entrar a verla.

“Desde ese día he estado yendo y viniendo a la Fiscalía. Primero me decían que ya estaban a punto de atraparlo, que ya tenían pistas, pero al final se les escapó. Nadie sabe dónde está. Su mamá jura que no sabe de él, yo no le creo”, sentenció.

Las declaraciones de los testigos no dejaron duda alguna de que el asesinato de Gabriela Ayala fue un feminicidio; así mismo se tipificó, pero el crimen sigue impune y su asesino libre.

III. Daños colaterales

Era casi la media noche del día nueve de septiembre de 2015 cuando unos golpes fuertes despertaron a María Amparo Hernández y a su esposo Mario García. Era Ian, su nieto de 10 años de edad que gritaba aterrado.

ImagesBetsabé García tenia 29 años

“¡Mi mamá!, ¡Mi mamá!”, repetía entre un llanto grueso mientras señalaba su casa, que se ubicaba a no más de ocho metros de la de sus abuelos.

Los dos señores corrieron a la casa de su hija Betsabé. Cuando entraron se toparon con un charco de sangre y en medio de él estaba el cuerpo de su hija de 29 años.

De la violencia a la muerte

Habían pasado apenas un par de horas, dos o tres máximo cuando Alberto Servín Álvarez había salido de la casa de Betsabé. Había ido a rogarle (entre gritos y reproches) que reanudaran su relación.

María Amparo escuchó hasta su casa cuando Betsabé le gritó que se largara y la dejara en paz. No sólo a ella, también a los cinco hijos que habían procreado durante sus 12 años de matrimonio.

Esta no era la primera vez que Betsabé se separaba de su esposo, el episodio se había repetido por lo menos cinco veces desde los últimos tres años. Pero esta vez decía que era la definitiva. Ella le había dicho a su madre y a su cuñada, Fabiola Ortiz, que no creería más en sus promesas de cambiar.

La decisión de terminar con su matrimonio la había cambiado. La sonrisa había regresado a su rostro ovalado, de tez morena y ojos pequeños pero muy brillantes. Sus labios delgados ya no estaban marchitos.

Ella y su madre tenían un taller de costura. Betsabé soñaba con ser una de las modistas más re-conocidas de Jalisco e iba a empeñarse en conseguirlo.

Tenían ya un mes de haberse separado cuando Beto -como lo llama la familia de Betsabé- fue a buscarla sin resultados. Ella lo corrió, le dejó claro que no regresarían.

Su mamá vio cuando el hombre de complexión delgada, moreno y cara estirada, tomó su bicicleta, avanzó por entre los árboles y se fue.

ImagesAlberto Servín Álvarez

La casa que ambos habían compartido era un obsequio de los padres de Betsabé y está fincada en la comunidad de Ojo de Agua, en Tlajomulco Jalisco. En medio de amplios terrenos, monte y carretera.

Pero Beto no se fue, sólo espero a que todos se durmieran y regresó a la casa de su ex pareja. Tocó la puerta y en cuanto ella abrió la aventó con tanta fuerza que el ruido despertó a sus hijos: Ian, de 10 años de edad; Abel, de 9; los cuates David y Andrea, de 7 años y Uriel de 3 años.

Betsabé le gritó a su hijo mayor que fuera con sus abuelos a pedir ayuda. Pero su padre lo tomó por el cuello, lo aventó contra la pared de la sala y le dijo: “¡Si vas a hablarles, ahorita te mato a ti también! Si gritan voy a regresar a matarlos a todos”, sentenció con rabia.

Los niños se quedaron paralizados, con el mismo miedo que su abuela afirma que sigue vigente hasta la fecha. Los más pequeños se cubrieron con una sábana para no ver lo que su padre le hacía a su mamá, pero Ian vio todo, se quedó inmóvil en la sala, perplejo y aterrorizado.

Fue el hijo mayor quien contó a sus abuelos todo lo que pasó. A sus 10 años tuvo que declarar ante la Fiscalía cómo su padre mató a su mamá.

Para él todo ocurrió entre una mezcla de rapidez e imágenes que parecen ir en cámara lenta.

Primero fueron insultos que evolucionaron a golpes, puñetazos y patadas. No era la primera vez que él la golpeaba. Ya en dos ocasiones Betsabé había acudido al Ministerio Público para intentar levantar una denuncia por violencia intrafamiliar. Sus padres dicen que los agentes del Ministerio Público le dijeron que tenía que venir “recién golpeada” para que se levantara la denuncia.

Esta vez, Beto no sació su ira con golpes. Escaló al siguiente nivel. A ese del que mucho se habla en los famosos violentómetros, ese que se prende en un rojo muy luminoso cuando se está al borde de la línea que marca la diferencia entra la violencia física y la muerte.

Con un alambre, como esos que se usan para líneas telefónicas, la amarró por la cintura a una silla. La inmovilizó para que no se defendiera. Sacó un cuchillo de su pantalón y se lo enterró en el corazón hasta que se cansó

Le machacó la vida y dejó que la sangre se filtrara hasta que se desvaneciera.

Los gritos de dolor despertaron al hermano de Betsabé y a su cuñada, quienes vivían en una casa que está pegadita a la finca donde ocurrió el crimen. Su hermano saltó de la cama y corrió a ver qué pasaba.

Cuando entró alcanzó a ver a Beto con las manos y la ropa ensangrentada. “¡¿Qué hiciste?!”, fue lo único que alcanzó a preguntarle antes de que saliera corriendo por la puerta trasera. Iba a seguirlo cuando vio el cuerpo de su hermana desvanecido entre un charco de sangre.

“¡Corre a pedir ayuda!”, le gritó a su esposa quien salió disparada junto con Ian a la casa de sus suegros.

“Marqué a una ambulancia, pero de aquí a que le hacen a uno todas las preguntas, pues ya era muy tarde. Regresé con mi suegro y él fue el que me dijo que ya nos la habían quitado”, contó Fabiola, con voz entrecortada.

ImagesMarío García Gomez, padre de Betsabé señala el lugar donde asesinaron a su hija

Su padre fue quien estuvo al lado de ella los últimos minutos de su vida. Es él quien decide tomar la palabra mientras su esposa llora y aunque respira profundo no puede sofocar el llanto.

“Me metí a la casa y la vi. Cuando la abrace aún respiraba, pero ella y toda la cocina estaban bañadas de sangre. Desde que la tomé estaba en sus últimas respiraciones. Duré un ratito ahí abrazándola y dejó de respirar. Beto la acuchilló en el corazón varias veces. Aunque hubiera durado más tiempo yo creo que no la hubiera librado porque tenía bien cercenado el corazón”.

ImagesÚltima fotografía que Betsabé se tomó al lado de su madre María Amparo Hernández

Mario le pidió a su cuñada que se llevara a sus nietos, no quería que vieran a su madre así. Pidió una almohada y la puso bajo su cabeza. Ya no la movieron hasta que la ambulancia y la policía llegaron.

En cuestión de horas, la vida de la Betsabé se había truncado bruscamente. A los 29 años su historia se paralizó.

María Amparo toma la palabra. Confiesa en ese momento que semanas antes ella había tenido una pesadilla en la que Beto mataba a Betsabé.

“Yo ya sentía algo, no sé. Yo siempre le tuve mucha desconfianza por cómo se ponía. Porque de que la insultaba, le decía de cosas, de lo peor que puede haber, pero ella callada, y él le gritaba como si ella le estuviera respondiendo. De hecho, yo soñé días antes que me la estaba matando, me desperté y agradecí que fuera mentira”, pero esta vez no hay manera de que ella salga de la pesadilla de perder a su hija.

Los mensajes que Beto les dejaba comienzan a hacerse más visibles. La mamá de Betsabé tiene bien grabada una de las últimas conversaciones que tuvo con el esposo de su hija, antes de que se separaran.

“Un día vi que estaba trozando unas esponjas con un cuchillo grande. Él era albañil y las ocupaba para trabajar. Me dijo:

-“Suegra, ¿Cómo ve usted? no atravesará el corazón de una persona”- señalándole el cuchillo.

“Me entró un escalofrío y me fui a la casa. Le conté a mi hija, pero ella me dijo que no le hiciera caso, que estaba loco. Después de eso fue que empezó a visitarla antes de dormir, para decirle que regresaran (se queda un momento en silencio, suelta un suspiro y continúa) El hubiera no existe… de haber sabido esto, ya no la hubiera dejado sola, me hubiera quedado con ella o me la hubiera traído a la casa”.

Violencia traspapelada

El papá de Betsabé la acompañó a interponer una de las dos denuncias por violencia intrafamiliar. Eran los antecedentes legales que podrían haber marcado la diferencia entre la vida y la muerte de la joven mujer.

Él recuerda que en una ocasión la regresaron porque no venía con golpes visibles, la otra denuncia dice que sí quedó inscrita pero después del asesinato el papel del registro se había esfumado.

“Fui al Ministerio Público y me dijeron que no había nada registrado, por ninguna de las veces que fue. Desaparecieron. Varias cosas de las que ella les dijo que le hacía su marido ya no estaban, ya no había nada”, menciona molesto

Los padres de Betsabé dicen que la Fiscalía estuvo al pendiente del caso de manera constante por los primeros 15 días. Lo reconocieron como feminicidio, pero, al igual que en el caso de Gabriela Ayala, tampoco se detuvo al responsable.

Nadie puede quitarle de la cabeza a la madre de Betsabé que a Beto lo dejaron escapar.

“Estábamos en el novenario y estaba el policía que traía el caso. Le pregunté qué han sabido de este fulano y dijo que sí lo habían agarrado pero que la familia y la familia. Corría el rumor de que su familia había pagado para que lo soltaran; yo le dije que no se vale. Parece que valió más el dinero que lo que les hizo a sus cinco hijos”.

María Amparo y su familia viven con miedo. Los hijos de Betsabé son los que más le temen a su padre. Temen que regrese y cumpla la promesa de matarlos como a su madre. Ella quiere que lo detengan, ya no solo como justicia por el crimen cometido sobre su hija, a ella también le pesa el trauma que se incrustó en sus nietos.

Feminicidios Fachada de la casa donde murió Betsabé

“Quiero que lo agarren, pero por los niños, por su seguridad, para que ellos vivan tranquilos. Por-que cuando no se nos pone uno mal se nos pone el otro. Porque sí están traumados. Yo pienso que el daño no solo se lo hizo a mi hija, no nos lo hizo a nosotros, se lo sembró a sus hijos”, María Amparo no puede dejar de llorar, pero hace el esfuerzo para seguir hablando.

“Yo sólo me pregunto, si lo ven ¡¿por qué no lo denuncian?! Porqué vienen y nos ponen de nervios. Porque en sí a todos nosotros nos han comentado, cuando andamos en la calle, que lo han visto y nada más andamos viendo por dónde lo vamos a ver, por dónde nos va a salir…

ImagesMaría Amparo Hernández muestra la última foto de todos sus hijos

“A veces digo yo que ya estoy bien, que ya lo superé, pero no. Porque se llega el recuerdo y entonces parece que fue ayer”.

La última vez que acudieron con la Fiscalía para saber los avances en las investigaciones les dije-ron que su trabajo no iba más allá de recabar pruebas e información, según sus palabras “todo eso lo pasaban más arriba”.

“Hasta nos dijeron en la Fiscalía de Tlajomulco que si nosotros lo llegábamos a agarrar ellos no podían hacer nada. Ahora dejan todo en manos del Poder Judicial. Nos dicen que si lo vemos tenemos que hablar a la Penal porque como se giró una orden de aprensión, ellos ya no pueden hacer nada”, denuncia la madre de Betsabé.

María Amparo terminó de contar la historia de su hija, mandando un mensaje al asesino de Betsabé:

“Yo le pido que, si esto llega a oídos de él, que se entregue por sus hijos. No por lo que le hizo a mi hija, ni por lo que nos hizo a nosotros; pero si en realidad quiere a sus hijos, por ellos que se entregue”.

Desde enero de 2012 hasta mayo de este año, en todo el estado de Jalisco han sido asesinadas de manera violenta 386 mujeres. A esa cifra se le suman 141 feminicidios contabilizados en ese mismo periodo.

Según información proporcionada por la Dirección de Oficialía de Partes, del Consejo de la Judicatura del Estado de Jalisco, desde octubre de 2013 hasta marzo de 2016 se han dictado solamente 18 sentencias definitivas por el delito de feminicidio. Cuatro de ellas en grado de tentativa.

Las propias cifras de la Fiscalía y la Dirección de Oficialía de Partes indican que hasta el momento 123 feminicidios siguen impunes.


Lo que se reportó al INEGI vs lo que se reportó por Transparencia

Comparativo del total de feminicidios que las Procuradurías y Fiscalías Estatales reportaron al INEGI durante el año 2015, contra las cifras que las mismas autoridades reportaron vía Acceso a la Información. Pese a ser el mismo periodo, en 26 estados la información es diferente.

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