Cuando desvalorizamos la democracia y sus principios, no nos damos cuenta de que lo que se propicia y se premia es la ineptitud y la corrupción.
El escándalo en el que se ha visto envuelta la hoy exconsejera presidenta del INE Guadalupe Taddei es un caso muy pedagógico. Aparte de su deshonestidad flagrante, lo que pudo hacer fue producto de que en México ya no funcionan los principios democráticos de la división de poderes y la existencia de límites o contrapesos que impiden al mandatario en turno concentrar el poder y ejercerlo de manera discrecional.
Veamos este ejercicio pedagógico de manera muy resumida, pero ilustrativa de cómo se construyó el segundo piso de la transformación del INE.
Primero, el contrapeso de un órgano autónomo. El IFE y después el INE fueron originalmente dotados de independencia y autonomía constitucional —y por tanto técnica y presupuestal— para quitar de la esfera del Poder Ejecutivo el manejo del proceso electoral en todas sus etapas. La función electoral recaería sobre un Consejo General sobre el que el gobierno no tendría injerencia alguna.
Segundo, el contrapeso del Poder Legislativo. Sería otra rama de poder la encargada de nombrar a los integrantes de ese Consejo. Una rama de poder que, en una democracia, suele ser plural.
Tercero, correspondería a un órgano jurisdiccional especializado —también autónomo— la facultad para resolver las controversias que pudieran surgir en torno a los asuntos electorales: el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
Cuarto, en caso de controversias sobre las leyes que rigen al IFE/INE estaría la Suprema Corte de Justicia de la Nación para asegurarse de que éstas no violaran los derechos políticos de los ciudadanos.
O sea, un proceso en el que intervenían distintas ramas y órganos autónomos para evitar el fraude electoral o, en positivo, para garantizar elecciones libres, justas, equitativas y creíbles. Nunca más el Ejecutivo tendría en sus manos la decisión de quiénes podían competir y en qué términos, ni tampoco la facultad de contar los votos y validar las elecciones.
El esquema funcionó, con algunos “ires y venires”, durante más de tres décadas. Llegó Morena al poder en 2018 y poco a poco se fueron desmantelando los límites hasta que no quedó, prácticamente, ninguno. Las autoridades electorales quedaron capturadas, el Poder Legislativo como contrapeso al Ejecutivo desapareció cuando las autoridades electorales le regalaron al partido oficial una mayoría artificial de dos terceras partes de los asientos haciendo inoperante la pluralidad. El proceso culminó cuando la Suprema Corte fue electa por el voto popular en una elección altamente cuestionada y pasó a estar a las órdenes de la presidenta.
Las autoridades electorales quedaron capturadas
Aquí están los hechos: Guadalupe Taddei fue avalada por AMLO, el Tribunal autorizó que la Consejera Presidenta nombrara, sin consenso, a encargados de despacho. La bancada parlamentaria de Morena, ya con la mayoría calificada, cambió la ley electoral para darle la atribución de nombrar a discreción a los directores ejecutivos y titulares de unidades técnicas. Para finalizar, la Corte desechó el recurso interpuesto por seis consejeros del INE en contra de las reformas que ampliaron las facultades de la Consejera Presidenta.
El reloj retrocedió no 30 sino 50 o 60 años con el titular del Ejecutivo en la cúspide del poder decidiendo quiénes pueden competir, con qué reglas se juega, quién cuenta los votos, cómo se reparten los diputados y senadores y quién valida los resultados.
Morena y los dos presidentes surgidos de sus filas fueron los responsables de este diseño autoritario. Guadalupe Taddei y sus consejeros afines, al igual que Mónica Soto, su sucesor y sus magistrados afines, quedaron al servicio del Poder Ejecutivo.
Por eso sorprende que un día antes de dar a conocer su carta de renuncia del pasado lunes 26 de octubre Guadalupe Taddei haya emitido un mensaje a manera de comunicado de prensa diciendo que la fortaleza del INE “descansa en sus capacidades técnicas, en la experiencia de su personal y en su compromiso con la democracia…”
Qué cara más dura. Fue ella quien, con sus decisiones, avaladas desde la cúspide del poder, concentró el mayor poder posible y deshizo, valga la redundancia, la colegialidad de un órgano colegiado. Ella y los legisladores que legalizaron esa concentración de poder que lo que hicieron fue minar la experiencia del personal y las capacidades técnicas del INE. Ella, que nunca mostró cualidades democráticas como el diálogo, la búsqueda de consensos y la negociación. Ella y sus allegados que hoy están siendo investigados por la Auditoría Superior de la Federación y por la UIF por actos de corrupción.
Ella que nunca mostró cualidades democráticas como el diálogo, la búsqueda de consensos y la negociación.
Monreal no se quedó atrás. Dijo: “Quien sea presidente debe comenzar por remover o pedir la renuncia de funcionarios que no tengan idoneidad o tengan vínculos con el proveedor denunciado o con la propia presidenta saliente”. Agregó: “es normal, correcto e incluso necesario una sacudida en el INE para que se pueda seleccionar un número de funcionarios adecuados, idóneos, imparciales y profesionales que puedan garantizar que el proceso electoral se llevará a cabo de manera impoluta, sin sobresaltos parcialidades ni subjetividades en el desempeño del servicio profesional electoral”.
Esta declaración no solo es tardía, es cínica. Fue su partido el que cambió la ley para permitir que hubiera mandos medios y superiores NO adecuados, NO idóneos, NO imparciales y NO profesionales.
No nos engañemos. La salida de Taddei no arregla la captura del INE y todas sus consecuencias. Si acaso, libra al INE de una red de corrupción presuntamente encabezada por ella. Nada más.
