Romper con el pasado ha sido una obsesión desde que Morena llegó al poder. Claro, una ruptura.
El pasado -y no precisamente el pasado remoto- ha obsesionado a los dos gobiernos morenistas. Todos los días, a todas horas, lo que ellos llaman los 36 años de neoliberalismo ha ocupado su discurso. Todos los males de México son responsabilidad de los perversos neoliberales del pasado.
Esa práctica discursiva que inauguró el presidente López Obrador fue demagógicamente útil para explicar la falta de resultados en su sexenio. No importaba el tema de que se tratara, salud, educación, falta de agua, deforestación, carencia de infraestructura, inseguridad, corrupción o impunidad. El tiempo pasado fue el responsable de todos los males que él no supo resolver y que incluso, empeoró.
A esta costumbre sigue siendo adicta la presidenta actual. Tanto, que apenas hace unas semanas en su conferencia matutina, Sheinbaum responsabilizó a los gobiernos de Fox y de Calderón por sobreexplotar el yacimiento de Cantarell y, con ello, provocar el declive de la producción petrolera en este sexenio que corre. Ejemplos como este hay muchos.
Ni todo tiempo pasado fue peor ni, mucho menos, todo tiempo presente es mejor. El sexenio de López Obrador terminó y los indicadores, salvo los de pobreza, dieron cuenta de un país con más insuficiencias y debilidades que abundancias y fortalezas. Un país menos productivo, menos competitivo, menos dinámico en su crecimiento, con más deuda, con mayor insolvencia financiera y menos confiable nacional e internacionalmente. Nos guste o no, el pasado en todos estos rubros fue mejor de lo que es el presente. Van dos años del “segundo piso de la transformación” y los indicadores siguen sin mejorar. Lástima de ruptura con ese pasado.
Sheinbaum vende sus “12 buenas noticias del segundo piso de la transformación”. Sin ningún rigor y mencionando comparaciones en el tiempo convenientes para su gobierno. Por cierto, no menciona o manipula los datos sobre la inversión extranjera directa, la inversión fija bruta o la deuda. Tampoco cita los indicadores de salud y educación que en cualquier parte del mundo y sobre todo en los gobiernos que se autodenominan de izquierda son los fundamentales.
Nos guste o no, el pasado en todos estos rubros fue mejor de lo que es el presente.
Que no todo pasado fue peor lo entienden hasta los de la 4T, aunque no lo reconozcan. Ahí está el legado del más neoliberal de los neoliberales por el cual han apostado tanto López Obrador como Claudia Sheinbaum. Por el que han empeñado todos los recursos posibles: el Tratado de Libre Comercio (ahora T-MEC) que negoció, para fortuna de México, Carlos Salinas de Gortari. Con ese pasado no se quiere romper.
Tampoco han roto, como prometieron, con la corrupción del pasado. Ciertamente la corrupción es una herencia, y de más larga data que el neoliberalismo. Pero quedémonos con la del sexenio inmediatamente anterior a la de la presidencia de AMLO y que fue documentada en el Sexenario de la Corrupción.
Este pasado sigue vigente. Con más ímpetu, con evidencia de sus nexos con el crimen organizado y con más consecuencias. Con nuevos y más voraces beneficiarios. Y, con un añadido, la profundización -horizontal y vertical- de los vínculos con el crimen organizado.
En el llamado periodo neoliberal, varios gobernadores y exgobernadores fueron denunciados, indiciados y encarcelados. En el llamado gobierno de la 4T, a todos se les da protección. En el periodo neoliberal, Estados Unidos no pidió abiertamente su extradición (salvo en el caso del exgobernador sustituto Jorge Torres de Tamaulipas), ni fueron protegidos -hasta donde sabemos- por el partido en el gobierno. El PRI puso a disposición de la justicia o encarceló a 14 gobernadores o exgobernadores: 10 del propio partido gobernante, 1 del PRD y 3 del PAN.
En el llamado gobierno de la 4T, a todos se les da protección.
Con el pasado que también quisieron romper y de hecho ya rompieron, es con el pasado democrático del neoliberalismo. De nuevo, guste o no, la democracia de los neoliberales fue mejor que la que hoy tenemos.
Esos neoliberales, algunos porque entendieron la necesidad y otros por convicción, fueron cediendo terreno a las demandas democráticas del país y operaron más de seis reformas electorales. Cada reforma permitió avanzar un palmo más hasta que llegaron los gobiernos sin mayoría en 1997 y la alternancia en el 2000. Cada una de esas reformas fue progresiva hasta lograr la verdadera división de poderes, la autonomía del Poder Judicial, los órganos autónomos, la transparencia y la rendición de cuentas.
En este terreno no sólo rompieron con el pasado inmediato gracias al cual llegaron al poder, sino que se fueron al pasado remoto para intentar perpetuarse con un modelo similar.
Así pues, pensándolo bien, la obsesión con el pasado de los dos mandatarios morenistas es selectiva.
La verdadera ruptura que necesita el gobierno de Sheinbaum no es tanto con el pasado neoliberal sino con el pasado inmediato, ese que se inauguró en 2024.
