México no solo es uno de los países con mayor número de muertos a consecuencia del COVID-19 en el mundo, sino que continúa a la cabeza de la lista de naciones con la cifra más alta de fallecidos entre los trabajadores de la salud, con poco más del 20 por ciento del total global.  

Un informe que será publicado este sábado 19 de septiembre por la revista científica especializada The Lancet, destaca que la combinación de falta de pruebas para saber quién tenía la enfermedad, y la ausencia absoluta de equipo básico de protección para trabajadores en la primera línea de batalla en los primeros meses de la pandemia, asoman como la causa principal de las infecciones y muertes del personal de salud mexicano.

The Lancet señala que al 3 de septiembre pasado, mil 320 trabajadores mexicanos de la salud habían fallecido, según información de Amnistía Internacional, pero la cifra se ha incrementado desde entonces.

El Director de Epidemiología de la Secretaría de Salud, José Luis Alomía, indicó unos días después que el número había llegado a mil 410, «la mayoría de ellos doctores» es decir, el 20 por ciento de los 7 mil fallecidos registrados en todo el mundo entre quienes trabajan en el sector salud.

A la misma fecha, en Estados Unidos -el país con mayor número de infecciones y de muertes en el mundo- habían fallecido mil 077 trabajadores de la salud, seguido de Brasil, con 634, e India con 573, según la publicación británica.

Y la situación no ha mejorado mucho. El equipo que se proporciona ahora a este sector de trabajadores de salud es importado por el gobierno mexicano mayormente desde China, y es a menudo «de muy baja calidad», de acuerdo con trabajadores del sector salud.

«No teníamos siquiera acceso a una sola prueba -para detectar el virus-«, dijo a The Lancet el enfermero del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), Rafael Soto, uno de los fundadores de un grupo que se ha formado para reclamar mejores condiciones para los trabajadores sanitarios.

De acuerdo con la publicación científica, entre el 28 de febrero -cuando comenzaba a haber registros documentados de los primeros casos de infecciones por el coronavirus en México- y el pasado 23 de agosto, se contagiaron con COVID-19 al menos 97 mil 632 trabajadores del sistema de salud en México, es decir, más de 500 cada día, nada más entre este sector de la población.

Casi la mitad de los trabajadores en el sistema de salud mexicano «no recibieron ningún equipo especial para protegerlos», dijo en Washington, D.C., a principios de septiembre, la directora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) Carissa Etienne.

Esas condiciones llevaron a trabajadores del IMSS a bloquear algunas calles y accesos a edificios públicos en señal de protesta y reclamo de mejores condiciones de trabajo para poder hacerse cargo de quienes requerían atención médica especializada.

Un informe divulgado hace un par de semanas por seis exsecretarios de salud indicó que en los días subsiguientes a esa primera demanda, se han registrado al menos 70 protestas por enfermeros y enfermeras, médicos y trabajadores de mantenimiento y administración en clínicas y hospitales en distintas regiones del país.

Martha L., una doctora del Hospital Gabriel Mancera del IMSS, destinado por completo a atender a enfermos de COVID-19, y que prefirió no dar su apellido por temor a represalias, expresa (a MXCCI) su frustración sin disimulos. «El gobierno de la Ciudad de México y el gobierno federal no han estado ni se han portado a la altura. Nos abandonaron a los trabajadores -hospitalarios- y de paso a los enfermos», dijo. El canciller -Marcelo Ebrard- «se para el cuello con la llegada de equipo de China, o con los acuerdos para supuestas vacunas (..) pero lo que no dicen ni él, ni el Subsecretario de Salud, Hugo López- Gatell es que lo que nos dan ni alcanza, ni es equipo durable o en buen estado, es una burla».

Soto, del grupo recién creado de trabajadores sanitarios, manifestó a The Lancet las represalias con las que han sido castigados algunos de sus compañeros y compañeras de trabajo por quejarse. «Los sindicatos que representan a trabajadores de la salud se quedan callados sobre el tema de seguridad en centros de trabajo, prefiriendo agradar al gobierno en lugar de atender las demandas de sus agremiados».

«Algunos líderes de las protestas, han sido despedidos por sus empleadores o han sido castigados por su sindicato», dijo Soto.

Martha, la enfermera del hospital en la Colonia del Valle de la capital mexicana, lamenta el desdén que percibe hacia su gremio: abucheados y abusados al inicio de la pandemia mientras en otros países eran tratados y cuidados como héroes, e ignorados por la actitud del presidente Andrés Manuel López Obrador, «quien se ha dedicado a minimizar la amenaza, la pandemia, los muertos y sus familias, y a nosotros los trabajadores de salud».

«Se cree que por no usar tapabocas es muy macho o demuestra fortaleza, es una lástima, es un idiota», opinó la doctora.

La investigadora Brenda Crabtree Ramírez, del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición, Salvador Zubirán dijo a The Lancet que estudios preliminares en la Ciudad de México señalan que trabajadores de la salud en la capital del país han muerto a menores tasas que la población en general, sin embargo, la tasa de infección y de fallecidos es la mayor del mundo.

A su vez, Madeleine Penman, de AI, indicó que a diferencia de otros países en el hemisferio, México ha llevado un balance «bastante desagregado» en cuanto al impacto de COVID-19 entre trabajadores de la salud y que Brasil, por ejemplo, no lleva a cabo un conteo sólido del número de muertos en este gremio.

Al comparar números en México con otros países, The Lancet destaca que las autoridades mexicanas privilegiaron «una estrategia de no realizar pruebas entre grandes sectores de la población o llevar a cabo rastreos de casos», y a cambio se han enfocado monitorear la capacidad de hospitales para informar la relajación de medidas.

Las últimas cifras oficiales señalan que en México han muerto 73 mil personas y se han contagiado alrededor de 685 mil con el COVID-19.